jueves, 26 de diciembre de 2013

El santuario marcado por el rayo

(C) Xesús Búa, La Voz de Galicia.

Los gallegos tenemos todavía algo de chamanes, algo de meigos, por eso no es de extrañar que en la caída de un rayo en el santuario de la Virxe da Barca en Muxía hayamos visto un milagro o un presagio, un mensaje de los dioses. Los arúspices galaicos ya están dejando sus lecturas e interpretaciones de todo tipo en los comentarios al pie del artículo publicado en La Voz de Galicia.

Para empezar hay que alegrarse de que no haya habido pérdidas irreparables: nadie resultó dañado, y las tres piezas del primitivo santuario litolátrico prerromano siguen incólumes. Me refiero, por supuesto, a la barca de piedra en que llegó la Señora, formada por la piedra de abalar, la vela (pedra dos cadrís) y el timón.



Los romanos, entre otros, consideraban que la caída de un rayo en un lugar cualquiera lo convertía automáticamente en un espacio sagrado señalado por Júpiter, el dios del rayo. Estos lugares se denominaban bidentales, pues estaban marcados por el hacha bidente del dios, por la piedra del rayo bifacial que es el símbolo del relámpago.

En Muxía asistimos a un prodigio que supera aquel que nos contaba Suetonio: "poco después cayó un rayo en un lago de Cantabria y aparecieron doce hachas, lo que se interpretó como augurio...". En Finisterre el rayo ha herido un espacio que ya estaba dotado de carácter sacro, lo que lo convierte, en mi opinión de meiga galaica, en un espacio exponencialmente sagrado. S elevado a S, o a la máxima potencia.

Procede ahora la ceremonia del fulmen condere, dar sepelio al rayo y reconstruir el recinto inviolable del templo. Como decía una vecina de Muxía, "nós, máis que católicos, somos barquistas".