sábado, 31 de marzo de 2018

Regreso a Rodinia


Reconstrucción de los paleocontinentes que formaron Rodinia, según Torsvik.
(C) The rootless variscan suture of North-West Iberia (Galicia -Spain). Conference abstracts and field trip guide. Ed. Arenas, Martinez Catalá, Abati y Sánchez Martínez, Madrid, Instituto Geológico y Minero, 2007. Mapa en la pg. 48.

Hace 1.100 millones de años los continentes que acabarían uniéndose para formar Rodinia, un supercontinente que precedió a Pangea, se disponían como en la reconstrucción de Torsvik: al este del dominio continental de Amazonia y África Oeste existía un sistema en arco conformado por las islas de Avalonia y Cadomia.

Las rocas de anfibolita de O Purrido (Ortegal), cuyos circones arrojaron dataciones uranio-torio de hasta 1.658 millones de años antigüedad, son las más antiguas de la Península Ibérica. Según se expone en la bibliografía citada, se fijaron a la costa del paleocontinente Amazonia-África Oeste por la presión ejercida por parte del sistema insular en arco (islas de Avalonia y Cadomia). Tras el ensamblaje de todos los paleocontinentes en el supercontinente de Rodinia, O Purrido continuó ocupando la costa.

Millones de años después, la fragmentación continental de Rodinia en otros paleocontinentes de formas distintas, situó a O Purrido en la costa norte de Gondwana, continuando cara al mar. La historia geológica de Galicia está ligada al mar desde hace millones de años; y aún nos queda mucho para llegar al famoso supercontinente llamado Pangea, que se disgregó en las formaciones continentales actuales, pero voy a abreviar, una vez que situamos las anfibolitas de O Purrido en Rodinia hace 1.000 millones de años.

Las anfibolitas de O Purrido, las rocas más antiguas de la Península Ibérica, son tan antiguas que no pertenecen a nuestro continente (geológicamente). Se caracterizan por ser muy duras, densas, oscuras, compactas y muy pesadas, con algo de metálico. No es un soporte que se pueda trabajar con facilidad, y sin embargo, hace 300.000 años un ser humano que vivía en la zona de Vixía Herbeira recogió una de estas piedras en aquel territorio, resto de la vieja y desaparecida Rodinia. Sobre ella talló un bifaz de unos 25 cm de largo y más de 2 kilos de peso. Y hace nada, otro ser humano encontró la herramienta lítica tallada hace 300.000 años sobre una roca formada hace 1.100 millones de años en un paleocontinente disgregado o desaparecido.


Bifaz de Vixía Herbeira. El único que ha aparecido hasta ahora en la comarca de Ortegal, presenta una rotura en el filo derecho, producida tal vez durante su talla, o posteriormente por meteorización. (C) Dolores González de la Peña.

Hoy la hemos depositado en el Museo de Historia Natural de Ferrol por tratarse de una anfibolita que completa la estupenda sección del museo dedicada a los minerales de Ortegal. Podríamos preguntarnos si se trata del bifaz más antiguo del mundo, evidentemente por la datación del soporte (anfibolita de Ortegal c. 1.658 millones de años), no por el momento en que fue tallado por la mano del hombre (c. 300.000 años a.C. basándonos en nuestros rudimentarios conocimientos de tecnología y tipología lítica).

Momentos previos al depósito de la anfibolita en el Museo de Historia Natural.
(C) Dolores González de la Peña.

jueves, 29 de marzo de 2018

La cruz gemmata del monasterio de Samos

En tiempo de Pascua vamos a sacar a pasear por los claustros, el Viernes Santo, la cruz gemmata del monasterio de Samos, que actualmente se encuentra en paradero desconocido. Según información del bibliotecario de Samos, el benedictino Arias Cuenllas (1), fue sustraída en 1869, corriendo el mismo destino que tantos otros objetos de nuestro patrimonio. Esperemos que por lo menos se encuentre a buen recaudo, y no fundida.

Podemos saber cómo era gracias a la nota que acompaña la copia de un documento de 1064 en el manuscrito del s. XVIII de la BNE (MSS/18387), f. 289v.


Se trataba de una estauroteca o relicario que albergaba un lignum crucis. Fue ofrecida por el abad Brandila (s. XI) al monasterio de Samos, y era de plata filigranada cubierta de piedras preciosas. Servía como cruz procesional, pues el pie estaba adaptado para encajar en un astil. Tenía una inscripción latina que corría de la cabeza a los pies y del brazo derecho al izquierdo: "En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y en honor de las vírgenes Juliana y Basilisa, el siervo de Dios el abad Brandila, y sus amigos, ofreció este lignum crucis". Me permito corregir signum crucis como lignum crucis, ya que en la descripción de la cruz se nos informa de que el relicario contenía un alma de madera.

La nota finaliza con la costumbre, datada de tiempo inmemorial, del paseo procesional de la cruz todos los viernes al tiempo que se cantaba el Vexilla Regis (Los estandartes reales) de Venancio Fortunato, autor del siglo VI.

Podemos concluir, a partir de la inscripción, asegurando que la cruz no es ninguna donación de un rey de estirpe astur a Samos. Asimismo, la tipología de estas cruces, normalmente denominadas de tipo asturiano, se remonta a la baja latinidad, a las cruces que conocemos por aparecer en los tenantes de altar llamados erroneamente visigodos; formalmente y como símbolo, proceden de la conversión de la cruz en estandarte militar (vexillum) desde Constantino ("La cruz de Peñalba: alma del Bierzo en cuerpo de latón", de Rafael González Rodríguez, 2009).

Tenante de altar "visigodo" con cruz procesional tipo vexillum (Casas de Millán, Cáceres).
(C) Dolores González de la Peña, 2014.

Con posterioridad a la desaparición de la cruz de Brandila, el erudito López Ferreiro (Lecciones de Arqueología Sagrada, 1889, pg. 169-170) la describe someramente, dando cuenta de la inscripción en los cuatro brazos al anverso, y la dibuja tal que así:


Surge la duda razonable de si López Ferreiro la habrá tenido en sus manos antes o después de la sustracción, o bien, si se basó en fuentes externas (como la del manuscrito que presentamos aquí) para hacer una reconstrucción, porque la cruz dibujada por López Ferreiro no es exactamente igual a la dibujada en el manuscrito MSS/18387, principalmente en el pie, que no está adaptado para insertarse en un astil. Tampoco el filete de pedrería (?) que corre por los bordes de los brazos en el dibujo de López Ferreiro coincide con la decoración de la cruz del manuscrito MSS/18387, donde las piedras se disponen "sembradas", aparentemente en forma pareada (y no linealmente) en su interior, sin decoración alguna por el borde. Además, podemos preguntarnos también qué entendía López Ferreiro por anverso y reverso, porque las inscripciones están siempre por el revés de las cruces (reverso), y no por delante (anverso).


Réplica de la cruz en el relicario de Samos (sobre un hueso de San Benito), según la posiblemente inexacta reconstrucción de López Ferreiro.
(C) Galicia Pueblo a Pueblo: Monasterio de San Julián de Samos.

(1) "[López Ferreiro]: Un estudoso con coñecementos da cruz de Samos", entrevista a Arias Cuenllas en La Voz de Galicia, 10-02-2008.

A Tendiña da Moura



Escaparate de A Tendiña da Moura. (C) Andregoto Galíndez

¿Qué vendían las mouras en sus tiendas? Las famosas tijeritas de oro, pero ¡cuidado con ellas!, ya que si era lo que más te gustaba de la tienda y no alababas la belleza de la moura, acabarías con las tijeritas clavadas en los ojos. Otros artículos con los que mercadeaban: espingardas, navajas con las cachas de pedreria, anillos y también a veces regalaban fajas encantadas: si te las ponías, te quemabas viva como una cerilla. Exponían todo eso en un tapete extendido sobre un mostrador, que bien podría haber sido la mesa de un dolmen.

Madroa, Madroñal, Medronhal, Madroñera


Dolmen de A Madroa (Casa dos Mouros de Candeán, Vigo). (C) Galicia Máxica.

Los nombres de los menhires como el de Pedra do Carallo o Padrón y los de los túmulos funerarios que albergan dólmenes, las Mámoas o Madroas, nos indican que los megalitos en la antigüedad estaban categorizados sexualmente como macho y hembra, representaciones del sexo masculino y femenino que emerge o se introduce en la Tierra. Los menhires se consideraban símbolos fálicos del padre (de ahí que sea posible que el topónimo Padrón provenga, no del latín petra, "piedra", sino de patrono, "padre, padrón, patrono"), y los túmulos funerarios, símbolo uterino de la madre, por su cualidad hipogea o subterránea.

Dedicaremos estas notas a empoderar filológicamente los megalitos hembra (los dólmenes), cuyo rol femenino es apenas conocido precisamente por ser hembras, o bien se minimiza su carácter de posibles úteros ctónicos por la imposibilidad de demostrar las hipótesis propuestas que lo sustentan, cargadas con frecuencia de intuiciones un tanto místico-teosóficas. El rol masculino o fálico de los menhires no necesita empoderamiento alguno, pues ha sido objeto de suficientes estudios, como el interesante capítulo que les dedica Fernando Alonso Romero ("La finalidad de los menhires según el folklore", en su obra Cultos y creencias en torno a los megalitos del área atlántica europea, Andavira, 2012).

Si nos centramos en uno de los nombres que reciben los túmulos funerarios en Galicia, madroa < latín matrona, "madre", veremos cómo las variantes toponímicas abundanciales tipo Madroñal / Medronhal o Madroñera aparecen casi siempre en contexto megalítico y probablemente indican la existencia de necrópolis tumulares, por lo que están muy lejos de ser, como se podría pensar a primera vista, fitotopónimos motivados por plantaciones del arbusto llamado madroño:
  • Dolmen de A Madroa en Candeán, Vigo
  • Anta do Medronhal, Portalegre (Portugal)
  • Necrópolis del Madroñal, Caminomorisco, Las Hurdes
  • Dolmen de la Madroñera, Trujillo
Dolmen del Madroñal en Caminomorisco. (C) Antonio González, para megalitos.arqueoloxico.com

Respecto al último caso mencionado, se trata de un conjunto desaparecido, del que conservamos testimonio: "otro monumento vamos á exponer á vuestra consideración de no menor importancia y de antigüedad desconocida; pero indudablemente druídico, es un dolmen, ó sea templo de Hadas, hace pocos años descubierto y destruido por la mano del hombre. Oid el extracto de su descripción que me hizo mi amigo el erudito licenciado en leyes y ex-diputado á Cortes D. Antonio Malo de Molina. "Conforme se sale de Trujillo, dice, por el camino de la Madroñera, más allá de la huerta de..." (Joaquín Rodríguez, en Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid, 1878).

La conocida etimología propuesta por el Padre Sarmiento para el nombre común mámoa o mamoa, que reciben los túmulos funerarios, y sus variantes peninsulares, como mambla, mamblilla o incluso mambrilla o membrilla, que no tiene que ver con el frutal llamado membrillo (véase el excelente artículo de Pedro J. Ripoll publicado en 2005: "La Membrilleja: un topónimo del Campo de Calatrava"), parte del latín mammula, diminutivo de mamma, pero precisemos que la expresión mama no sólo designa las mamas o tetas de la madre, sino, sobre todo, a la madre misma. Siendo mama, "madre", una palabra de origen onomatopéyico, con seguridad podemos afirmar su existencia antes de la romanización de la Península. La utilización del diminutivo en la formación de mámoa, y de forma redundante en mamoínha, dota a la expresión de un valor afectivo y cariñoso que le viene muy bien a un posible culto prehistórico dedicado a la Madre Tierra, evolucionado posteriormente al culto a las Matres o Matronae. 

Los nombres galaicos madroa y madorna (< matrona, "madre") y mámoa (< mammula, "mamaíña") reflejan el carácter materno y uterino de los dólmenes, como el nombre común padrón ( < patrono, "padre") aplicado a los menhires indica su carácter fálico y relativo al padre. 

Pueden rastrearse en la toponimia actual e histórica más nombres de túmulos megalíticos que apoyan nuestra hipótesis etimológica: Mama Furada (As Pontes de García Rodríguez), Anta da Santa Madre de Deus (Pavia - Portugal). En el País Vasco los dólmenes están asociados con la figura mitológica de Mairi, la constructora de megalitos, lo que nos recuerda que ya habíamos señalado como posible etimología del euskera Mairi el gascón maire, "madre", a su vez proveniente del latín matrem.

Estela megalítica de Guernsey conocida como La Gran' Mère du Chimquière, la abuela del cementerio. Evidencia la evolución del culto a la Madre Tierra del megalitismo al de las Matres, y finalmente a la devoción mariana.

martes, 20 de marzo de 2018

Setecoros

Setecoros (Valga, Pontevedra) es un topónimo que Fernando Cabeza Quiles (Os nomes da Terra) interpreta como compuesto del numeral sete y del sustantivo prerromano  *cor / coro, "piedra", en alusión a las siete formaciones pétreas que rodean la meseta de A Eira dos Mouros, situada en la cumbre del monte que se eleva sobre el lugar de Setecoros.

Setecoros me recuerda al nombre de las Siete Sillas, denominación popular que recibían las ruinas del teatro romano de Mérida cuando todavía no se habían excavado y sólo eran visibles siete afloramientos de piedra que conformaban el graderío. En el contexto de los recintos para espectáculos y asamblea a que apuntan estos lugares, el teatro de Mérida y la meseta de A Eira dos Mouros, el sustantivo coro también podría provenir no del prerromano *cor / coro, "piedra", sino del latín chorus vía eclesiástica en referencia al sitio donde se sitúan los cantores en la iglesia, si A Eira dos Mouros fue considerada o se usó como lugar de asamblea.

Las Siete Sillas, teatro romano de Mérida. (C) Revista Foro.

Otra interesante posibilidad, a la vista del próximo topónimo Tres Pinos, y de que en A Eira dos Mouros existe un trifinium de parroquias y concellos (Catoira, Valga y Caldas de Reis), es que el elemento coro provenga del prerromano *CORIO, "pueblo, asamblea, clan", como en el galo Tricori o Petrucori (confederaciones de tres y cuatro pueblos, respectivamente). Sería la misma forma que se registra en el étnico Veaminicori de la inscripción en antigua lengua lusitana de Lamas de Moledo (Viseu, Portugal). En este caso el numeral sete, motivado por los siete elementos pétreos, se habría aplicado por desplazamiento a los clanes confederados, sin reflejar realmente su número exacto, que eran seguramente tres.


En una de las líneas del trifinio de Outeiro da Marquesa, el lugar de Tres Pinos, y en la falda norte del monte, Setecoros.

domingo, 18 de marzo de 2018

Filhos do vento


Asturcones galaicos en la Serra do Forgoselo. (C) Dolores González de la Peña, 2006.

Hace un mes que el caballo de Prezewalski ha perdido su título de último caballo salvaje del mundo ("Ancient genomes revisit the ancestry of domestic and Przewalski’s horses", Gaunitz et al., Science, 22 de febrero de 2018). El Prezewalski desciende, según se demuestra en el citado estudio, de un caballo doméstico que se echó al monte y se asilvestró. Desmontado el mito, ahora es la ocasión de estudiar en este sentido el genoma del asturcón gallego y asturiano para demostrar lo que muchos sospechamos, porque, por supuesto, estos investigadores del CNRS y del Museo de Historia Natural de Dinamarca no lo han incluido en su estudio, para finalmente alegar no sé qué gaps temporales (?) de las muestras, demostrando una falta total de profesionalidad.

"Ninguna de las muestras de caballos domésticos de los últimos 4.000 años desciende de los caballos de la cultura de Botai [Kazajistán], lo que entraña una implicación importante. Sugiere que durante el tercer milenio antes de Cristo, como muy tarde, otro grupo de caballos distinto llegó a ser el ancestro común de todas las poblaciones. Esto es compatible con dos escenarios. O bien en primer lugar el ancestro salvaje del caballo de Botai fue exterminado, o bien los caballlos fueron domesticados con éxito en otro lugar [...]. No podemos identificar el lugar de este centro hipotético debido a un agujero temporal en nuestras muestras en torno al tercer milenio a.C. Sin embargo, ya que una de las más antiguas fue excavada en Hungría, se añade el este de Europa a otros candidatos ya sugeridos, que incluyen la Estepa Póntico-Caspiana, el este de Anatolia, la Península Ibérica, el oeste de Irán y el Levante".


Escena de monta o rapa en un petroglifo prehistórico de Campo Lameiro.

Antes de ponerles chip a los, posiblemente, últimos caballos salvajes del mundo, como quiere la Xunta para considerar esta forma de apresamiento ancestral de los animales una explotación ganadera (con vistas a imponer un tributo y por tanto, a acabar con ella) habrá que cerciorarse de que no estemos no sólo ante animales salvajes (si son salvajes no son domésticos y no se pueden considerar explotación ganadera), sino ante los últimos caballos salvajes del mundo, de los que descienden todas las especies domésticas. Entonces, más que nada, habría que protegerlos, así como la forma tradicional de rapa de estos animales sin dueño, que muy probablemente sea residuo de una interacción arcaica entre las sociedades de cazadores-recolectores y los animales.

Lo que definitivamente los hace muy especiales es el nombre de "gado do vento" (Elucidário de Viterbo), hoy en desuso en el país vecino, pero que explica la realidad de la fábula contada por Varrón, Columela y varios autores de la antigüedad respecto a que las yeguas lusitanas tenían hijos del viento. "Filho do vento" es una antiquísima metáfora lusitana que significa "sin dueño conocido"; nos permite entender la fábula de las yeguas preñadas por el viento y descubrir la existencia documentada de estos mismos caballos salvajes en nuestro territorio hace tres milenios, en la época en que se escribió la Iliada (obra en la que se mencionan por primera vez los hijos del viento: "El aire en la agronomía hispano-árabe: s. XI-XIV", Lucie Bolens).

miércoles, 14 de marzo de 2018

Trovadores: los últimos druidas



Estela junto a la cruz de Carndonagh, Donegal. El fili (bardo, trovador) sostiene su arpa entre las manos; el rostro de perfil es casi místico, como si estuviera en trance con los ojos cerrados escuchando una lejana melodía.


Todo trovar fue un trovar clus, "cerrado", porque en él se trataba en clave alegórica del proceso de la consecución de la sabiduría o la verdad, personificada en la figura femenina de la amada, una mujer que encarna a la Sofía. La consideración de que en el proceso de adquisición del conocimiento el filósofo adopta la actitud de un amante se tuvo por cierta ya desde Platón y Sócrates (1) y es la base de la disciplina y de la existencia misma de la palabra Filosofía

Es conocido el cursus del amante-trovador, que pasa por cuatro etapas hasta llegar al entendimiento pleno con su amada: fenhedor, pregador, entendedor y drut o drudo, "amante, fiel, consagrado". Son etapas por las que se atraviesa hasta llegar, no siempre, al conocimiento absoluto, si es que esto es posible. Pero quizá no se haya puesto de relieve la evidente relación etimológica entre el nombre del último grado, drudo, y el nombre con el que se designaba a los filósofos galos, druida.

Dante ha sido el último trovador, y precisamente por ello se ha visto obligado a romper el código de honor para revelar el verdadero nombre de su amada, la clave: "dolcissimi e ineffabili sembianti, e rubatori subitani de la mente umana, che ne le mostrazioni de li occhi de la Filosofia apparite, quando essa con li suoi drudi ragiona!". La Filosofía y sus amantes, los drudos o druidas.

La relación del filósofo con la Filosofía es una historia de amor a la que consagra su vida, y en ella también aparecen los celos: la figura del gilós y los lausengiers de las canciones de los trovadores encarnan a los filósofos rivales y a su caterva de aduladores (véase el estudio de Rivas Gil sobre el papel de pthonos, los celos, en el proceso de adquisición del conocimiento filosófico).

La base sobre la que se articula el pensamiento o la razón del investigador filósofo descansa en el diálogo con sus pares, no en vano las más antiguas obras filosóficas que nos han llegado pertenecen al género de los diálogos; así también en el mundo de los trovadores la tensó y el partimen reflejan el discurso dialogado en busca de la razón última.

La alegoría que estamos analizando del amor cortés como molde o expresión prefijada del amor al conocimiento se viene evitando incluso por parte de los expertos dedicados al estudio de las cantigas, que se limitan a la literalidad de la relación amorosa y sensual entre un hombre y una mujer de alcurnia. Afortunadamente nos quedan los versos del Rey Sabio, en los que recupera el verdadero objeto del conocimiento cristianizándolo como Virgen María:

Quen entender quiser, entendedor
seja da Madre de Nostro Sennor
Ca ela faz todo ben entender,
e entendendo nos faz connocer...

(1) Francisco Javier Rivas Gil, "El amor a la Sabiduría también conoce celos", 2001.

martes, 13 de marzo de 2018

Farai un vers de dreit nien - Guillermo de Aquitania

Farei uns versos do revés,
non serán sobre min nin doutra xente,
non serán de amor nin da mocidade,
nin de ren algunha;
e pois logo, trobeinos durmindo
dacabalo.

Non sei en que hora fun nado,
non son ledo nin airado,
non son forasteiro nin veciño,
e non podo ser doutro xeitiño;
e pois, fadáronme á noite
sobre un outeiro.

Non sei en que hora me deito,
nin a que hora esperto, se ome non mo di;
case que teño o meu cor fendido
por unha dor cordial,
e tanto me ten,
por San Marcial!

Doente estou e coido morrer,
e non sei ren máis cas que oio dicir,
quero un meigo á miña vontade,
máis non coñezo tal.
Bo meigo será se me pode sanar,
máis non, se empeorar.

Amiga teño eu, non sei quen é,
que aínda non a vin, xúrovolo pola miña fe,
nin me fixo ren que me prouguera,
nin que me pesara,
e tanto me ten!
pois non houbo normando nin francés
na miña pousada.

Aínda que non a vin ámoa moito,
aínda que non me fixo ben nen mal;
cando non a vexo, tanto me da,
non me importa un galo!
Que eu coñezo máis bela e xentil,
e que val máis.

Non sei o lugar onde está,
se está nun outeiro ou está no chan;
non ouso dicir o mal que me fai,
antes calo.
Pésame moito porque ela queda,
entón, eu marcho.

Feitos os versos, non sei sobre que,
dareinos a alguén
que os dará a un outro,
pra que os leve a Anjou
e me traia do seu estuche
a chave.

(C) Andregoto Galíndez por la traducción del occitano al gallego de la composición "Farai un vers de dreit nien" de Guilhem de Peitieu.

domingo, 4 de marzo de 2018

La diaconisa Modesta (In tempore sueborum)

Se amplía la fecha de la exposición In tempore sueborum hasta el 6 de mayo, de lo cual me alegro, porque uno de los defectos que le veía a la muestra era su corta duración. No obstante, y a pesar de la ausencia inexplicada de algunas piezas prometidas y anunciadas a bombo y platillo, la calidad de la exposición y de los estudios que acompañan a las piezas es muy alta, aportando incluso interpretaciones completamente rupturistas de forma amena y asequible para los visitantes, que a pie vamos contemplando objetos, documentales y paneles sin cansancio.

Una de estas nuevas hipótesis con la que nos sorprende la exposición, a la cual se dedica un vídeo en la sala de Santa María Nai, versa sobre las laudas de estola, que López Quiroga y Martínez Tejera consideran que no son una evolución a partir de las laudas con representación del orante (1). Por su dispersión territorial limitada a la Gallaecia evidencian "su estrecha relación con las sedes epicopales y la red viaria que desde ellas conectaba la capital de la diócesis con las ecclesiae dispersas por el inmediato entorno rural". Para los autores el motivo representado en las laudas de estola sería realmente una estola. Aunque no lo expresan tan claramente, aducen los cánones eclesiásticos de la época (Concilio de Braga, año 561) que insistían en "la necesidad de que el diácono lleve la estola siempre bien visible", no bajo la túnica, para diferenciar a los diáconos de los otros miembros del clero (pg. 145-148 del Catálogo).

Por lo tanto, si aplicamos esta hipótesis a la lauda de estola de Modesta (HIC REQUIESCIT MODESA) tendremos que llegar forzosamente a la conclusión de que la tal Modesa o Modesta (la S torcida indica seguramente una ligatura o abreviatura ST) pertenecía a la alta jerarquía eclesiástica; una diaconisa ordenada en tiempos en los que el Priscilianismo estaba dando sus últimos coletazos (fue reprobado en el mismo concilio de Braga del año 561). Diaconisas las hubo por entonces, sin ir más lejos la galaica Egeria, que podría haber sido otra por su cualidad sanctimonial y cargo preeminente al frente de una comunidad de sorores, en su viaje a Tierra Santa menciona a su amiga la diaconisa Marthana, y lo hace de una forma tan natural que nadie sospecharía que en aquella época era algo anormal. Las matronas romanas viudas eran con frecuencia ordenadas diáconos en el cristianismo primitivo, con potestad para bautizar, predicar la palabra de Dios y dar la comunión, y como sus homólogos varones, recibían la estola y el anillo,  símbolos del diácono.

Lauda de estola de Modesta, s.V-VI, San Bartolomé de Rebordáns, Tui. Pieza 190 (Sala Marcos Valcárcel).


Además del evidente mombre de mujer, sobre el cual no se dice absolutamente nada en los paneles ni en el catálogo, y se deletrea constamente como Modesa, dando por supuesto que se trata de un raro nombre masculino, otro dato que indica que la lauda cubría una sepultura femenina es la cabecera, en la que se observa una rueca de dedo esquemática cuyo referente más inmediato encontramos por azar también en la exposición.

Rueca de dedo del Castillón de Tábara, Zamora. Pieza 165 (Sala Marcos Valcárcel)

Según el catálogo, las ruecas de dedo "aparecen con frecuencia, por ejemplo, en el ajuar de las tumbas femeninas de Panonia o representadas en las estelas, sarcófagos y monumentos funerarios en Panonia y Asia Menor. Su aparición en las tumbas femeninas se debe a que la rueca se ha convertido en una especie de atributo o marcador de género y clase social de las matronas" (Pérez Rodríguez-Aragón, texto explicativo sobre la pieza 165). Le faltaría decir que estas matronas eran romanas.


En la cabecera se encuentra grabada también la esvástica, herencia de la religión romana, que pervivió como símbolo en el cristianismo primitivo, así como un pequeño círculo que podría figurar el anillo de la diaconisa.

(1) Me parece posible sostener que el orario o estola litúrgica se haya considerado en Gallaecia una representación esquemática de un orante, pues además del parecido formal, etimológicamente orario proviene de orare, "rezar".

A Capelada, A Coriscada y O Xistral

No es necesario internarse a pie o en coche por estas tres sierras del norte de Galicia para notar las inclemencias del duro clima gallego; podría bastar un análisis filológico.

El profesor Porto Dapena ya lo había iniciado al exponer en 2006 su hipótesis sobre el nombre de la sierra de A Capelada (Cedeira), que vendría motivado por el capelo de nubes que se forman en Vixía Herbeira, un fenómeno meteorológico conocido en la zona como "muro", "paredón" o "sombreiro". El profesor señalaba que la acepción de capelo como "capucho de niebla o nubes que suelen ocultar las cumbres de las montañas" ya había sido recogida por Eladio Rodríguez, hecho que refuerza su hipótesis sobre el topónimo Capelada = cumbre cubierta por un capelo de nubes (Diccionario toponímico do Concello e Ría de Cedeira). Ante ella, nos quitamos el capelo y abandonamos nuestra previa idea que que el topónimo podría deberse a la existencia de la necrópolis tumular de la sierra (considerados los túmulos como pequeñas capillas o capelas: A Capelada).

Este cambio de parecer se debe a la constatación, inspirada por la lectura de la propuesta del profesor Porto Dapena, de que los nombres de otros dos orónimos, Coriscada y Xistral, podrían estar motivados por fenómenos meteorológicos semejantes.

Así, A Coriscada (Ortigueira) por coriscar, que según Leandro Carré Alvarellos significa "ventar, soplar el viento frío con lluvia o granizo"; José Luis Pensado ya había expuesto la relación entre el topónimo Coriscada y el corisco: el nombre "describiría un paraje azotado frecuentemente por coriscos 'relámpagos o chubascos', o incluso un paraje en donde se encuentran 'pedras-de-raio'"(Onomástico etimológico de la lengua gallega). O Xistral (provincia de Lugo) por xistrar, que Carré considera sinónimo de coriscar o celliscar. Aunque esta última acción verbal designa el desarrollo de una ventisca de nieve, en el Diccionario de Boullón Agrelo figura xistra como "viento recio, solo o acompañado de lluvia, nieve o granizo".

En cuanto a la etimología de corisco y xistra, el primero podría provenir del antiguo nombre del viento del norte, Chorus, un viento helado que vendría acompañado de su derivado el corisco, "piedra, pedrizo, granizo". No sería extraño, pues tenemos alguna otra supervivencia de los nombres clásicos de los vientos, p. ej. la palabra bochorno, de Vulturnus. Pero más sencillo resulta enlazar el gallego coriscar y corisco con el latín coruscare, "relampaguear", y coruscum, "rayo". Xistra, por su parte, del latín sinistra, "siniestra, izquierda", por considerarse esta orientación ligada a pronósticos desfavorables.