sábado, 1 de julio de 2017

Los nombres de Europa, de Alberto Porlán

Ahora que parece ir in crescendo el interés por el estudio de las paleolenguas paleolíticas, recupero para mi blog una crítica sobre el libro Los nombres de Europa de Alberto Porlan (Alianza-Fundación Juanelo Turriano, 1998), que había publicado en la web Celtiberia.net con el pseudónimo druídico de Onnega en 2006, siendo en realidad parte de una conversación con su autor. Y la recupero porque considero que contiene alguna propuesta metodológica interesante en el campo de los estudios hidronímicos.

En la obra de Porlan se llama la atención sobre aspectos que ya han sido descritos y no resultan novedosos; hace tiempo que Krahe estudió los nombres de los ríos de Europa, notando la repetición de los mismos; y Pidal (1), siguiendo a d’Arbois de Jubainville y a otros autores, recurría al sustrato ligur / ambrón para explicar esa uniformidad de la toponimia europea (Ambrona en España, Ambruna en Italia, Lambronne en Francia). En este sentido Los nombres de Europa no resulta novedoso. Hoy se utiliza el término paleoeuroeo para referirse a esa unidad lingüística que ha dejado su huella en la toponimia de toda Europa. Por poner un ejemplo: el río Umea o Umeälven de los saami (lapones), el río Umia gallego y el Urumea (Ur-umea) vasco portan la misma denominación, y por algo será, eso es lo que se trata de investigar desde hace mucho tiempo. Ya comienza a ser pertinente hablar de colonización lingüística de Europa en consonancia con la colonización genética desde el sur al norte: desde los refugios glaciares meridionales hacia la Europa continental que había permanecido deshabitada durante la última glaciación (artículos del Grupo Continuitas). Estas poblaciones llevan consigo sus sistemas onomásticos que sobreviven en la toponimia. Y es altamente significativa, y explicable en términos de gradientes genéticos, la aparición de idéntica toponimia en las áreas extremas ibérica y lapona (Francisco Villar, conferencia “Toponimia prerromana na Península”, Pontevedra, 21 de octubre de 2006). Es evidente que estamos todavía ante una sociedad de cazadores-recolectores y el sistema que nombra el paisaje y lo articula tendrá forzosamente una base:


1) Descriptiva de la orografía

2) Funcional: campamentos de verano, de invierno, vados, itinerarios, cazaderos, secaderos, etc.

3) Y ligada a la unidad de referencia que es la cuenca fluvial.

Resulta de lo más interesante el capítulo 6 de Binford, En busca del pasado, “Cazadores en un territorio”, Crítica, Barcelona, 1998 (3ª ed.), pg. 117-53.


 Radio de acción de un grupo Nunamiut a lo largo del curso del río. © Binford


También la bibliografía y el repaso de Ballester (2) a los territorios de las bandas de cazadores podría orientarnos en este aspecto: “son, por antonomasia, territorios fluviales”, en sus viajes “todas las rutas y destinos habían de seguirse por lugares con agua”.

Cualquiera que trabaje en toponimia sabe que hay sistemas de ordenación subyacentes, así que no se comprende la aseveración de Porlan: “si partimos de la idea general e indiscutida hasta ahora de que el origen de los topónimos es absolutamente aleatorio e imprevisible…” (pg. 32), ignoro de dónde ha sacado esta idea, que además es falsa. La toponimia es uno de los sistemas más previsibles, pues responde a varias motivaciones conocidas, siendo normalmente reflejo de la orografía, se adecúa al paisaje actual o al paleopaisaje nombrándolo.

La segunda novedad de Porlan es que nota que hay topónimos atingentes o concordantes (utilizando su terminología). Lo esperable, lo normal, es que haya toponimia atingente. Por poner un ejemplo sencillo, serán con frecuencia atingentes, aparecerán simultáneamente y muy cerca unos de otros, los siguientes topónimos y sus variantes y derivados: Lombo, Costa, Espiña, Alpe (>Oubiña), todos relacionados con la oronimia.




Como trabajo pionero en la investigación de la toponimia y su adecuación al paleopaisaje (un paisaje que ya no existe pero existió) es sorprendente Ancient Lakes in the Former Finno-Ugrian Territories of Central Russian: An Experimental Palaeogeographical Study, de Arja Ahlqvist, Slavica Helsingiensia 27, Helsinki 2006. En este estudio no sólo no se renuncia a identificar el significado de raíces que integran compuestos (se identifican ciertas raíces que significan “lago”), mediante ellas se localizan posibles ubicaciones para lagos fósiles cuya existencia acaba demostrándose con el auxilio de disciplinas científicas adecuadas (geología, topología). Técnicas de laboratorio específicas (C14) acaban datando la edad de los vestigios orgánicos y en consecuencia la edad de la lengua que nombró el lugar. Yo había intentado algo similar con el topónimo Almufeira (Ferrol) haciendo ver que si su significado era “laguna” (raíz hidronímica *alm) tendría mucho más sentido su existencia en el correspondiente paleopaisaje de hace 5000 años.

Finalmente, no veo motivos para renunciar a encontrar el significado de las raíces de la toponimia, por algo expertos lingüistas llevan trabajando en este campo mucho tiempo habiendo conseguido logros que pueden ser muy útiles, sin ir más lejos el trabajo de identificación de paleolagos de Ahlqvist se basa en un estudio filológico previo. Tampoco veo razón para no intentar explicar esas “extrañas” e “inquietantes” atingencias, ni son extrañas ni me inquietan lo más mínimo, a algo se deberán, y habrá que explicarlo.

También será necesario ajustar la escala de los estudios y moverse en un tipo de territorio como el que describe Binford para las bandas de cazadores-recolectores. Por ejemplo, una de las relaciones de atingencia que indica Porlan, la pareja Serantes-Betanzos (A Coruña), que vuelve a aparecer según el autor en Serantes-Berango (Vizcaya), no puede ser relevante; no puede haber atingencia de ningún tipo entre dos puntos pertenecientes a dos cuencas fluviales distintas separadas por una tercera y a más de 50 km de distancia en el caso gallego.

(1) “Sobre el substrato mediterráneo occidental”, 1939. Reeditado en Toponimia prerrománica hispana, Gredos, Madrid, 1952

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