sábado, 30 de marzo de 2013

El médico de la envidia, o El envidiado envidioso

El concepto antiguo de envidia ha sido completamente distorsionado por la evolución de la sociedad contemporánea hasta convertirse en una noción diferente a la originaria, con lo que me va a resultar muy pero que muy difícil aventurarme en este sendero tenebroso de la psique humana, tanto más por ser parte implicada, por ser yo misma envidiosa, tal vez la única envidiosa que queda en España.

En la Grecia clásica los ciudadanos que cometían el pecado de enorgullecerse y vanagloriarse de su condición, los que hacían ostentación de sus méritos para salir ganando en la comparación, los que se excedían desmesuradamente mostrando sus habilidades y ventajas con el objeto de satisfacer internamente su ego, eran simplemente condenados al ostracismo, desterrados. Y así le ocurrió a Arístides el Justo, que fue desterrado por cometer el exceso de mostrar en demasía sus virtudes, sin duda por querer verse reflejado en el espejo de sus conciudadanos con admiración, por sentir, no una genuina y legítima satisfacción por su condición, sino, y aquí es donde está la clave, esa alegría malsana e inconfesable que se siente, más o menos inhibida, al hacer patente que tenemos algo que otro no tiene, al considerarnos, como diríamos hoy, envidiados.

Arístides es hoy ejemplo de víctima de la envidia de sus conciudadanos. Sin embargo, y resulta sumamente llamativo, en la Grecia clásica era Arístides el que era considerado un envidioso, padecía celos, phthonos, presunción, es decir, una considerable dosis de amor propio unida a una indeseable tendencia exhibicionista a mostrar su excelencia marcando distancias con el resto. "No sé quién es Arístides, pero estoy harto de oírle proclamar a los cuatro vientos sus virtudes", decía un indignado ateniense de aquella época que hoy sería clasificado dentro del grupo de los envidiosos.

Así las cosas: la envidia en el sentido clásico era una lacra social que afectaba solo a los afortunados, aquellos que habían sido dotados por el azar u otras circunstancias con una extraordinaria belleza, éxito, hijos sanos, riqueza, inteligencia, fortaleza, etc. Ellos eran los más proclives a presumir, a exhibirse impúdicamente ante sus conciudadanos, a compararse con los demás congratulándose de sus deficiencias y carencias. La envidia era entonces un abuso, la rivalidad del afortunado para con el desgraciado, justo lo contrario de lo que hoy creemos que es la envidia.

Con su chincha-rabiña el afortunado envidioso siente alegría por la desgracia ajena, o lo que es lo mismo, tristeza por la alegría de otros, por su progreso, por la simple razón de que disminuye su gloria y excelencia al acortar la distancia que los separa de él. Era el parecer del inteligentísimo San Agustín, que sabía muy bien lo difícil que es sustraerse del innoble sentimiento de soberbia que suelen experimentar las personalidades que destacan y son excelentes; pero mucho más grave que la soberbia consideraba a su hija la envidia, con ella el soberbio daba un paso hacia el abismo, pues comenzaba a medir su gloria por la infelicidad de los demás. "Cum igitur superbia sit amor por excellentiae propiae, invidia sit odium felicitatis alienae".

José Antonio Marina en la cartografía de la envidia que traza en su artículo "La envidia, o como ser víctima y verdugo a la vez" llega a este punto francamente sorprendido, y no es para menos: "los moralistas cristianos, que tras siglos de examen de conciencia y confesionario elaboraron unos profundísimos análisis de los sentimientos, decían que la envidia era hija de la soberbia. Esto resulta extraño, porque ya he dicho que es hija de un sentimiento de fracaso o deficiencia".

Y yo lamento discrepar de los generalmente acertados análisis de este ensayista, pero en absoluto la envidia es hija del fracaso o deficiencia, de un sentimiento carencial, sino todo lo contrario, de ahí que sea tan difícil identificarla, tanto en uno mismo como en el prójimo. La envidia parte de la excelencia, de un elevado estatus (intelectual, social) cuya exclusividad el envidioso está dispuesto a sostener a casi cualquier precio, porque en ella radica su esencia, su ego, el origen inconfesable de su oscura felicidad. Sin tener esto presente es imposible acercarse al retorcido sentimiento de la envidia. El envidioso no está contento con lo que tiene, que es mucho o bastante, quiere que el otro no tenga, eso forma parte de su placer. En cierto modo el envidioso es un sádico al que le divierte ser envidiado. Dependiendo de su cuota de poder, así como del grado de desinhibición o falta de autocontrol sobre su envidia, el soberbio-envidioso podría apoyar una crisis económica, si es preciso, con tal de salvaguardar una superioridad que crece y engorda contemplando la infelicidad, privación, e inferioridad de los demás.

Como en un juego de luces y sombras la personalidad excelente, o que se cree excelente (que para el caso es lo mismo), destaca porque hay otras en la oscuridad o en la franja del gris: hay guapos porque hay feos, hay listos porque hay tontos, hay ricos porque hay pobres, hay luz porque hay oscuridad, hay triunfo porque existe el fracaso. Lo que resulta abominable, y no estamos hablando de un simple pecado de catálogo de moralista cristiano, es interponerse, actuar para mantener forzadamente en la perpetua tiniebla a todos para así aumentar nuestro brillo, no querer el progreso ajeno porque atenuaría nuestra luz.

"Il superbo amando la propia eccellenza, porta invidia agli uguali, perchè a lui s'adeguano, o agli inferiori temendo, non forse a lui adeguino, o ai superiori veggendo di non poterli adeguare. Per tal modo superbendo si fa invidioso" (Massime religiosi e morali di Dante Alighieri, Domenico Solimani). El soberbio, amando su propia excelencia, envidia a sus iguales, porque se alinean con él, o a los inferiores, temiendo que se puedan equiparar con él, o a los superiores, viendo que no se puede equiparar con ellos. De este modo, siendo soberbio se convierte en envidioso.

Los estudios sobre la Divina Comedia de Dante nos ilustran respecto al pecado de la soberbia, raíz de la envidia. En su Purgatorio no encontramos a personas mediocres o con carencias intentando reparar el mal que hicieron con su soberbia > envidia, sino por ejemplo al todopoderoso emperador Trajano, que logra purgar su pecado por medio de la humildad. La envidia tiene curación.

El soberbio-envidioso ama y fomenta profundamente la desigualdad, y esto tiene sus consecuencias políticas. La famosa reseña del libro La envidia igualitaria que escribió nuestro presidente del Gobierno hace años, así como el libro en cuestión, que por supuesto no he leído, están escritos por soberbios (envidiosos) que, ignorando su condición, cometen la torpeza de admitir ingenuamente que se consideran a sí mismos envidiados, sin poder evitar traslucir la felicidad malsana que esto les produce. Estos opúsculos son versiones autocomplacientes de la envidia vista por envidiosos, burdas imitaciones de la obra del soberbio y elitista por antonomasia Ortega y Gasset, que también quería la playa para su disfrute exclusivo, libre de antiésticos, sudorosos y felices pailanes en chancletas.


Superbia, arrogantia y su consecuencia la invidia, la aniquilación de los éxitos y alegrías de los demás, eran casi sinónimos en la antigüedad, y se oponían a su antídoto la humilitate, que no implicaba la anulación de la propia personalidad, sino respeto por la ajena. Pero todas estas moralinas nos quedan muy lejos, y hasta están mal vistas por su tufillo religioso.

Otra forma de protección contra la envidia eran los amuletos fálicos, que la gente portaba para evitar las consecuencias de la envidia del soberbio, e incluso tal vez, aunque lo dudo, para protegerse de experimentar ellos mismos envidia. Antiguamente se creía que sentir un orgullo desmedido por alguna cualidad o posesión era el primer paso hacia la envidia, castigada con la ira de los dioses, normalmente con la destrucción divina del bien. ¡Le van a caer las soberbias! se dice todavía. Había que protegerse contra el fascinum, que para Gronovius, simplificando un poco, "non aliud fuisse quam vanitatis et arrogantiae", la fascinación por uno mismo.

¿Por qué la protección del amuleto fálico? Bien, yo me hacía la misma pregunta hasta que leí a San Agustín. La soberbia podría ser la proyección a otros ámbitos de la vieja obsesión por la medida del pene. Portar un amuleto fálico sería entonces una forma de participar en el juego del soberbio y transmitirle que hay alguien que lo tiene más grande.

Hoy, en un sistema en que se fomenta la excelencia sin atenuarla con la humildad, la competencia, la comparación y el egocentrismo, en donde casi todos nos consideramos mejores o más afortunados que el prójimo, con más derecho a lo que sea que él, especiales y diferentes, la envidia ha quedado reducida a cenizas de lo que fue, de ellas ha renacido esta parodia en la que los soberbios, los antiguos envidiosos, son ahora los envidiados.

Aunque la envidia tiene cura, la globalización de la soberbia convierte en poco recomendables las curas de humildad de un individuo aisladamente, digamos que sería un suicidio; intuyo que sobre todo por razones de supervivencia, y porque se pasa tan bien siendo envidiado, la espiral de arrogancia va en aumento, somos, cada vez más, más chulos que el vecino. Para protegernos de su envidia hemos recuperado los amuletos fálicos, que también han evolucionado. Ahora no se llaman figas, sino Mercedes, Lexus, Audi, BMW; por algo será que en España las ventas de coches de lujo aumentaron un 80% el año pasado.

Puede que esta distorsión que ha experimentado el concepto de envidia arroje algo de luz a la extraordinaria situación que se vive en España, donde desde hace tiempo ya nadie se considera a sí mismo envidioso, sino víctima de la envidia, envidiado, según el análisis de un divertido artículo de Rafael Sánchez Ferlosio, El mito de la envidia.

Pero ¿hay algo de verdad en el mito de la envidia como pecado nacional? Es posible que sí, que nos venga de antiguo. La Crónica Pseudo-Isidoriana nos habla de esta lacra en una zona de la Hispania que tocaba con la Galia: "Superior Yspania Gallia Braccata apellatur ubi tanta est insolentia, tantusque fastus nec non et arrogantia copiosa".

Finalmente, respecto al significado exacto del latín invidiosus, creo que debemos partir del significado del participio equivalente invisus, "aborrecido, maldito, despreciable", que enlazaría con el castigo de la invisibilidad, el ostracismo al que se condena todavía en muchas culturas consideradas primitivas al que no cumple las normas del grupo. Quería poner algún ejemplo real, pero ahora solo me viene a la memoria el caso del destierro de Oki en la película Atanarjuat, basada en una leyenda inuit sobre el peliagudo asunto de la envidia. Por otra parte, una película muy recomendable.

5 comentarios:

Carlos Arias dijo...

Outra vez resúltame moi ameno o teu comentario, e moi valiosa a información que forneces.
No entanto, discrepo dalgunhas cousas e noutras creo que cómpren matizacións: por unha parte, paréceme que soamente tes en conta a parte consciente, o que cada un recoñece de si mesmo, e queda tapada a parte dos sentimentos, o que percibimos de nós pero non o recoñecemos.
Tamén creo que existen diversas formas de envexa, o mesmo ca de ego. Basicamente a positiva e a negativa, ou a que nos leva a fixarnos metas en función do que vemos nos más e a que nos conduce a enzoufar os logros alleos.
Tamén creo que vén moi ao caso o tema do eu actuante e o eu renegado, ou o que queremos ser e o que tratamos de ocultarnos respecto da nosa condición.
Por cada estímulo que procesa o consciente (uns 40 por segundo), o inconsciente procesa 500.000 (uns 20.000.000 por segundo), de aí que o expresado só sirva de porta de acceso ao proceso real da mente.
Bicos

Andregoto Galíndez dijo...

Moito obrigada Carlinhos :) Eu penso que a envexa positiva non é envexa, a natureza humana é imitativa. Nesta achega aproveitei tamén para aplicarlle directamente a definición de envexa de San Agustín a unha sensación que as veces percibía en min e non recoñecía. Entón o meu inconsciente fíxose consciente.
Bicos

Carlos Arias dijo...

Supoño que cada un aplicará a súa propia taxonomía, pero a raíz da envexa positiva (escolla imitativa, para ti, entendo) e a da negativa creo que conflúen. A diferenza encóntroa en como manexamos esas emocións que espertan e van cara a un lado ou o outro.
Bicos

Andregoto Galíndez dijo...

Non pensei nada sobre a envexa positiva, e sobre a envexa negativa a verdade é que me limitei a intentar entender a San Agustín e me saiu isto. Pode que a raíz de ambas sexa a mesma, pois se parte da comparación. Nun caso o "inferior" se compara co que considera superior e intenta imitalo, noutro o "superior" se compara co que considera inferior e intenta que non se lle pareza :) Eu vexo a imitación como fonte de inspiración, como algo bo, sempre nos dixeron que hai conductas exemplares, modelos que seguir, aínda que con liberdade, non para facer copias do orixinal.
Un bico

Carlos Arias dijo...

Eu penso que o do inferior e o superior constitúe o engano da envexa negativa.
Na positiva, simplemente vemos algo que queremos e buscamos a forma de conseguilo.
Outro bico