viernes, 1 de abril de 2016

Altamira

Vengo de ver Altamira, me refiero a la película con Banderas haciendo de Sautuola, claro está, ya que la cueva no la veré en mi vida, y no lo lamento porque para la preservación de sus pinturas ha de permanecer cerrada. Éramos cuatro en la sala el día del estreno de una película que se dejaba ver, sobre un tema que según parece despierta extraordinario interés a nivel mundial, llegando a obsesionar a Obama, a Bill Gates y a afamados chefs neoyorquinos deseosos de poner un restaurante en Santillana si se les garantiza a sus comensales entradas a la cueva cerrada al mundanal público. Tal vez un bufet en la gran sala de los bisontes polícromos sería mejor solución. Por supuesto que el restaurante neoyorquino y la visita de los millonarios yankis generarían cuantiosas riquezas y numerosos puestos de trabajo en Cantabria: un chef, tres pinches y cuatro camareros.

Este verano también éramos cuatro los visitantes que accedimos a Hornos de la Peña, sin necesidad de sorteo, ni subasta de entradas al mejor postor con menú degustación neoyorquino incluido. Y solo por tres euros.


La exigua concurrencia en ambos lugares está directamente relacionada con el interés que despiertan el arte paleolítico en particular y el patrimonio cultural en general: cero patatero. Y sin embargo, eppur si muove un apelotonamiento tremendo en Altamira y en otros sitios que da la impresión de lo contrario. Pero es una impresión falsa, la afluencia se debe al márquetin ramplón que se dirige a los instintos primarios del individuo; Altamira es lamentablemente un producto turístico de esos que muestran una catedral yuxtapuesta a una ración de percebes y un albariño, o presentan el acceso a una cueva con arte rupestre clausurada para la preservación del mismo como un destino elitista exclusivo solo para millonarios que van a hacer la digestión eructando mientras contemplan bisontes. La película de Banderas, hay que decirlo, se integra en esta campaña promocional que presionará hacia su reapertura. Y podría hasta ser legítimo este afán de lucro, si no fuera porque la cueva de Altamira no es un hotel de lujo privado que pueda imponer libremente tarifas disuasorias, reservarse el derecho de admisión o lo que le pete. Altamira es Patrimonio de la Humanidad y por ello accesible a todos o a nadie, sin distinciones.

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