viernes, 12 de abril de 2013

Piedras ombligo: apuntes sobre litolatrías onfálicas


Pedra dos Couselos, Xustáns (Ponte Caldelas), según Sobrino Buhígas (Corpus Petroglyphorum Gallaeciae, 1935).

Creo que el petroglifo de la Pedra dos Couselos ya no existe, o por lo menos no he sido capaz de localizarlo. De todas formas, el recuerdo de su nombre en relación con su aspecto ha quedado recogido en la obra de Ramón Sobrino como testimonio de una de las denominaciones populares que recibían las coviñas o cazoletas, couselos, esto es, ombligos; con morfema diminutivo añadido al lexema couso, "cavidad, depresión". La acepción umbilical del término se conserva todavía en el nombre de la planta denominada couselo, conocida en castellano como ombligo de Venus.

La Pedra dos Couselos fue, o es, si existe todavía, una piedra onfálica (del griego ónfalos, "ombligo") con todo lo que esto implica. Intuyo que en la Pedra dos Couselos, y en el resto de los miles de piedras gallegas, escocesas, etc. con los mismos motivos insculturados, se ha grabado una cosmogonía y una genealogía, señalando de forma individualizada nuestra conexión umbilical con la Tierra y nuestros antepasados. En mi opinión sería simplificar demasiado pretender justificar su nombre por la mera presencia de estos pequeños hoyuelos, sin intentar ir más allá de esta representación universal del motivo de los cups and rings.

En el caso del petroglifo del Outeiro do Filladoiro en Mallou, su nombre claramente evoca la funcionalidad del lugar como punto donde se establecía la filiación o filhamento / filhadouro del linaje através de la roca grabada.



Entre los hawaianos el cordón umbilical de los recién nacidos era depositado por sus madres sobre grandes piedras, en lugares elegidos por su fuerza y pureza, con la finalidad de protegerlo para asegurarle a su hijo una vida próspera. Estas piedras se reconocían por sus grabados de cazoletas, simples o rodeadas de uno o dos círculos concéntricos (Wenifer Lin: Birth Art and the Art of Birthing: Creation and Procreation on the 'Aina of Tütü Pele).

Petroglifos hawaianos de Puu Loa: cuando un niño nacía se grababa una puka (cazoleta) y depositaban su piko (cordón) en ella. (C) www.govisithawaii.com

Varner recoge muy de pasada esta tradición hawaiana dedicándole apenas tres líneas, sin estudiar a fondo su relación con el tema de las piedras onfálicas (Menhirs, Dolmen and Circles of Stone: The Folklore and Mithology of Sacred Stones); es una lástima. En Murcia se realizaba una ceremonia profiláctica similar enterrando el ombligo (cordón-placenta) del recién nacido, representado por un huevo, en un agujero del campo cubriéndolo con una piedra (Cultura y Sociedad en Murcia, editado por Álvarez Munárriz y otros).

Además del archimencionado pero desconocido omphalos de Delfos, que parece ser que era una piedra en forma de ombligo protuberante, o bien una piedra que, como en Murcia, cubría un cordón umbilical en forma de serpiente (Phyton), existen más testimonios antiguos de otras piedras onfálicas: en Irlanda hubo una piedra que según el Cambrense recibía el nombre de umbilicus Hiberniae. Si tenía grabados de cups and rings es algo que podemos suponer por sus vecinas escocesas, donde los grabados de cazoletas rodeadas por círculos concéntricos son más abundantes (Archaic Sculpturings of cups, circles &c. upon Stones and Rocks in Scotland, England & other Countries, de James Young Simpson).

Pedra da Serpe de Gondomil, Corme, que pone de manifiesto la conexión entre los cultos ofiolátricos y los onfálicos .
(C) Alfredo Erias, www.alfredoerias.com

En The Megalithic Culture of Indonesia se recoge un relato cosmogónico en que un joven, nacido de la espuma del mar, paseando en cierta ocasión junto a la desembocadura de un río escucha un llanto infantil que proviene de una especie de cairn; cuando se pone a buscar, encuentra a una niña recién nacida de la piedra, todavía unida a ella por el cordón umbilical.

Es una cosmogonía que vincula nuestro origen a la piedra como representación de la placenta telúrica, y que podría estar en la base de la escena grabada en el Penedo do Matrimónio (Campo de Caparinho, Vilar de Perdizes, Portugal), en la que únicamente se ha considerado conveniente destacar el ombligo de la figura femenina, que además, para más señas, está embarazada.

(C) Anxo Martínez; iluminación, Padre Antonio Lourenço Fontes.

Que en la creencia popular las piedras se reproducen era algo que ya sabíamos gracias a los trabajos de Fernando Alonso Romero. Lo que apenas es conocido es que esta suposición es completamente cierta; en Arouca (Portugal) existen las denominadas pedras parideiras, que arrojan en su lento parto nódulos de biotita dejando su matriz a la vista en forma de couselo o cazoleta. Otras tradiciones asocian los couselos a la fertilidad: en Brignoles (Provenza) las mujeres estériles abrazan o se frotan contra el ombligo de San Sumian, una cazoleta en una estela merovingia muy gastada por el tiempo.

Los antiguos rituales de fertilidad asociados a las piedras, que para la mayoría de los autores podrían ser vestigios de un primitivo culto fálico, más bien se van tornando en un primitivísimo culto onfálico en el que es decisivo el frotamiento del ombligo contra la piedra, o del ombligo de la piedra contra el vientre. Utilizando una imagen volteriana, resulta muy curioso que en Châlons sur Marne se venerase no precisamente el Prepucio de Jesucristo, sino su Santo Ombligo, el Saint Nombril, una reliquia que resultó ser, una vez abierto su receptáculo por un obispo descreído y curioso que casi es lapidado por el pueblo, unos fragmentos de piedra.

La Jument, en Locronan (Bretaña). Otra piedra con cavidades en donde es preceptivo el frotamiento umbilical.
(C) Ángel Facio.

La fricción onfálica contra el supuesto menhir conocido como Mére des Cailles en Imeray se debe probablemente a la presencia de cazoletas y líneas sinuosas o cordones en su superficie. Es significativo también que el nombre de la piedra sea femenino y relacionado con su capacidad parideira, Madre de los Callaos (piedras, cantos rodados).


Otros petroglifos que se vienen considerando variaciones del motivo de la cazoleta rodeada por círculos concéntricos son las espirales. Entre los Indios Pueblo la figura de la espiral representa el ombligo de la Tierra, el sipapu o tepari, término con el que también designan al cordón umbilical y a la matriz (Bonfiglioli y otros autores: Las Vías del Noroeste I: Una macrorregión indígena americana).

Siguiendo esta línea, de momento imprecisa, podríamos descartar la idea de que las piedras onfálicas hayan tenido este carácter por ser el centro de un territorio, como se viene suponiendo (Eliade, Brañas, González Ruibal, João Fonte, etc.). Estaríamos ante otra cosa, ante una antiquísima y universal cosmogonía en que se rendía culto a la conexión umbilical con la placenta madre, o, como afirma Frazer en La Rama Dorada, al alma externalizada, pues en muchas partes del mundo la placenta y el cordón umbilical son considerados el hermano o la hermana gemela del recién nacido, su doble, un receptáculo de su espíritu; como el ka egipcio.

La unión del recién nacido a su placenta através del cordón es la base del mito hindú de la flor de loto que surge del ombligo de Vishnú, y de la representación iconográfica medieval del árbol genealógico que confluye o nace del ombligo de Jesé. Mitológicamente la placenta muy a menudo se considera el árbol de la vida por su aspecto arbóreo, con ramificaciones, y su función nutricia y protectora del niño.

 The tree of life stone, Yorkshire. Piedra insculturada con motivos de cups and rings denominada popularmente
Piedra del árbol de la vida


La placenta fue, y es todavía, objeto de otro ritual atestiguado desde hace mucho tiempo: "quum aliquando Diogenes in conuiuio placentam ederet diceretque conuiuarum quispiam: 'Quid comedis Diogenes?' Suspicans Cynicum philosophum nescire quid sit placenta, 'panem' inquit, 'bene pistum', dissimulans se scire quid esset". Se trata de un pasaje oscuro en el que no se entiende por qué el filósofo es reacio a decir qué come, ni la pregunta malintencionada del curioso comensal.

Algunos mamíferos, entre ellos el perro, comen la placenta de sus crías tras el parto. Esta práctica fue condenada por la religión o la moral, probablemente por sus connotaciones antropófagas: "homines ante diluvium mulierum puerperarum placentam edidisse, quasi cibum delicatum in epulis luxuriosis; et quod hoc nefandissimo crimine movebatur Deus diluvio" (The Temple of Nature, de Erasmo Darwin).

Dice Cansinos Assens: "cuando pienso que placenta significa en latín la envoltura del feto y también torta, y recuerdo además que la torta era una forma de ofrenda en ciertas religiones antiguas –cuya última representación es la hostia cristiana– mi visión se enriquece extraordinariamente, pues al punto evoco toda una serie de relaciones ignoradas u olvidadas".

Los nombres que recibe, torta, tortilla, focaccia, cake, biscuit, galette, mutterkuchen, etc. ponen de manifiesto que antiguamente la formación y desarrollo del embrión y su compañera se suponían una especie de proceso similar al del horneado del pan: en el horno-matriz se cocinaban dos masas, una con fermento o levadura y otra ázima, respectivamente el niño y su placenta (The Oxford Handbook of Archaelogy of Ritual and Religion, T. Insoll; The Sex of Men in Premodern Europe, P. Simons). Es por esto que muchas religiones prohiben la ofrenda de tortas fermentadas a la divinidad, pues las consideran en cierta forma, vivas.

Es probable que la placenta como árbol de la vida con su serpiente-cordón enroscado haya sido aquel cuyo fruto la Ley prohibió comer. Pero no prohibió usarla como ingrediente en cremas faciales... ni recuperar las células madre del cordón para el tratamiento de la leucemia.

 Árbol de la vida, de Helena Rubinstein; crema con extracto de placenta.

Bibliografía:
F. Alonso Romero: Análisis iconográfico de una diosa madre en el petroglifo del Outeiro do Filladuiro en Mallou, Carnota (A Coruña), Anuario Brigantino, 2007.

martes, 2 de abril de 2013

As Neves - El Rift gallego

Los factores que convierten al yacimiento de Porto Maior (As Neves) en único en Europa son el enorme tamaño de sus bifaces (entre 25 y 30 cm) y el contexto, en el que no aparecen restos de talla, es decir, se trataría de un depósito, no de un área de fabricación. Una de las opiniones, aunque no la más sólida, que se baraja para explicar la gran cantidad de bifaces de este excepcional depósito es la posibilidad de que "los hombres realizasen estas piezas como una forma de exhibir sus habilidades ante las mujeres".
A los expertos del Instituto de Estudios Miñoranos que sostienen esta hipótesis de trabajo les dedico esta viñeta; son ideas como esa las que le dan la puntilla divertida a la aventura arqueológica.



La historia del Rift gallego puede leerse completa en el suplemento El Domingo de La Opinión, nº 625 de 31 de marzo de 2013. Se trata de un estupendo reportaje de Salvador Rodríguez titulado "Africanos en el Miño". Para la datación de los útiles se está aplicando la técnica de resonancia paramagnética electrónica a la terraza fluvial en la que se localiza el depósito, esperando que este sistema pueda confirmar la edad estimada de la misma alrededor de 450.000 años, lo que convertiría el yacimiento de As Neves en uno de los más antiguos de la Península y de Europa, según señala Méndez Quintas, codirector del equipo de excavación de Porto Maior.


sábado, 30 de marzo de 2013

El médico de la envidia, o El envidiado envidioso

El concepto antiguo de envidia ha sido completamente distorsionado por la evolución de la sociedad contemporánea hasta convertirse en una noción diferente a la originaria, con lo que me va a resultar muy pero que muy difícil aventurarme en este sendero tenebroso de la psique humana, tanto más por ser parte implicada, por ser yo misma envidiosa, tal vez la única envidiosa que queda en España.

En la Grecia clásica los ciudadanos que cometían el pecado de enorgullecerse y vanagloriarse de su condición, los que hacían ostentación de sus méritos para salir ganando en la comparación, los que se excedían desmesuradamente mostrando sus habilidades y ventajas con el objeto de satisfacer internamente su ego, eran simplemente condenados al ostracismo, desterrados. Y así le ocurrió a Arístides el Justo, que fue desterrado por cometer el exceso de mostrar en demasía sus virtudes, sin duda por querer verse reflejado en el espejo de sus conciudadanos con admiración, por sentir, no una genuina y legítima satisfacción por su condición, sino, y aquí es donde está la clave, esa alegría malsana e inconfesable que se siente, más o menos inhibida, al hacer patente que tenemos algo que otro no tiene, al considerarnos, como diríamos hoy, envidiados.

Arístides es hoy ejemplo de víctima de la envidia de sus conciudadanos. Sin embargo, y resulta sumamente llamativo, en la Grecia clásica era Arístides el que era considerado un envidioso, padecía celos, phthonos, presunción, es decir, una considerable dosis de amor propio unida a una indeseable tendencia exhibicionista a mostrar su excelencia marcando distancias con el resto. "No sé quién es Arístides, pero estoy harto de oírle proclamar a los cuatro vientos sus virtudes", decía un indignado ateniense de aquella época que hoy sería clasificado dentro del grupo de los envidiosos.

Así las cosas: la envidia en el sentido clásico era una lacra social que afectaba solo a los afortunados, aquellos que habían sido dotados por el azar u otras circunstancias con una extraordinaria belleza, éxito, hijos sanos, riqueza, inteligencia, fortaleza, etc. Ellos eran los más proclives a presumir, a exhibirse impúdicamente ante sus conciudadanos, a compararse con los demás congratulándose de sus deficiencias y carencias. La envidia era entonces un abuso, la rivalidad del afortunado para con el desgraciado, justo lo contrario de lo que hoy creemos que es la envidia.

Con su chincha-rabiña el afortunado envidioso siente alegría por la desgracia ajena, o lo que es lo mismo, tristeza por la alegría de otros, por su progreso, por la simple razón de que disminuye su gloria y excelencia al acortar la distancia que los separa de él. Era el parecer del inteligentísimo San Agustín, que sabía muy bien lo difícil que es sustraerse del innoble sentimiento de soberbia que suelen experimentar las personalidades que destacan y son excelentes; pero mucho más grave que la soberbia consideraba a su hija la envidia, con ella el soberbio daba un paso hacia el abismo, pues comenzaba a medir su gloria por la infelicidad de los demás. "Cum igitur superbia sit amor por excellentiae propiae, invidia sit odium felicitatis alienae".

José Antonio Marina en la cartografía de la envidia que traza en su artículo "La envidia, o como ser víctima y verdugo a la vez" llega a este punto francamente sorprendido, y no es para menos: "los moralistas cristianos, que tras siglos de examen de conciencia y confesionario elaboraron unos profundísimos análisis de los sentimientos, decían que la envidia era hija de la soberbia. Esto resulta extraño, porque ya he dicho que es hija de un sentimiento de fracaso o deficiencia".

Y yo lamento discrepar de los generalmente acertados análisis de este ensayista, pero en absoluto la envidia es hija del fracaso o deficiencia, de un sentimiento carencial, sino todo lo contrario, de ahí que sea tan difícil identificarla, tanto en uno mismo como en el prójimo. La envidia parte de la excelencia, de un elevado estatus (intelectual, social) cuya exclusividad el envidioso está dispuesto a sostener a casi cualquier precio, porque en ella radica su esencia, su ego, el origen inconfesable de su oscura felicidad. Sin tener esto presente es imposible acercarse al retorcido sentimiento de la envidia. El envidioso no está contento con lo que tiene, que es mucho o bastante, quiere que el otro no tenga, eso forma parte de su placer. En cierto modo el envidioso es un sádico al que le divierte ser envidiado. Dependiendo de su cuota de poder, así como del grado de desinhibición o falta de autocontrol sobre su envidia, el soberbio-envidioso podría apoyar una crisis económica, si es preciso, con tal de salvaguardar una superioridad que crece y engorda contemplando la infelicidad, privación, e inferioridad de los demás.

Como en un juego de luces y sombras la personalidad excelente, o que se cree excelente (que para el caso es lo mismo), destaca porque hay otras en la oscuridad o en la franja del gris: hay guapos porque hay feos, hay listos porque hay tontos, hay ricos porque hay pobres, hay luz porque hay oscuridad, hay triunfo porque existe el fracaso. Lo que resulta abominable, y no estamos hablando de un simple pecado de catálogo de moralista cristiano, es interponerse, actuar para mantener forzadamente en la perpetua tiniebla a todos para así aumentar nuestro brillo, no querer el progreso ajeno porque atenuaría nuestra luz.

"Il superbo amando la propia eccellenza, porta invidia agli uguali, perchè a lui s'adeguano, o agli inferiori temendo, non forse a lui adeguino, o ai superiori veggendo di non poterli adeguare. Per tal modo superbendo si fa invidioso" (Massime religiosi e morali di Dante Alighieri, Domenico Solimani). El soberbio, amando su propia excelencia, envidia a sus iguales, porque se alinean con él, o a los inferiores, temiendo que se puedan equiparar con él, o a los superiores, viendo que no se puede equiparar a ellos. De este modo, siendo soberbio se convierte en envidioso.

Los estudios sobre la Divina Comedia de Dante nos ilustran respecto al pecado de la soberbia, raíz de la envidia. En su Purgatorio no encontramos a personas mediocres o con carencias intentando reparar el mal que hicieron con su soberbia > envidia, sino por ejemplo al todopoderoso emperador Trajano, que logra purgar su pecado por medio de la humildad. La envidia tiene curación.

El soberbio-envidioso ama y fomenta profundamente la desigualdad, y esto tiene sus consecuencias políticas. La famosa reseña del libro La envidia igualitaria que escribió nuestro presidente del Gobierno hace años, así como el libro en cuestión, que por supuesto no he leído, están escritos por soberbios (envidiosos) que, ignorando su condición, cometen la torpeza de admitir ingenuamente que se consideran a sí mismos envidiados, sin poder evitar traslucir la felicidad malsana que esto les produce. Estos opúsculos son versiones autocomplacientes de la envidia vista por envidiosos, burdas imitaciones de la obra del soberbio y elitista por antonomasia Ortega y Gasset, que también quería la playa para su disfrute exclusivo, libre de antiésticos, sudorosos y felices pailanes en chancletas.

Superbia, arrogantia y su consecuencia la invidia, la aniquilación de los éxitos y alegrías de los demás, eran casi sinónimos en la antigüedad, y se oponían a su antídoto la humilitate, que no implicaba la anulación de la propia personalidad, sino respeto por la ajena. Pero todas estas moralinas nos quedan muy lejos, y hasta están mal vistas por su tufillo religioso.

Otra forma de protección contra la envidia eran los amuletos fálicos, que la gente portaba para evitar las consecuencias de la envidia del soberbio, e incluso tal vez, aunque lo dudo, para protegerse de experimentar ellos mismos envidia. Antiguamente se creía que sentir un orgullo desmedido por alguna cualidad o posesión era el primer paso hacia la envidia, castigada con la ira de los dioses, normalmente con la destrucción divina del bien. ¡Le van a caer las soberbias! se dice todavía. Había que protegerse contra el fascinum, que para Gronovius, simplificando un poco, "non aliud fuisse quam vanitatis et arrogantiae", la fascinación por uno mismo.

¿Por qué la protección del amuleto fálico? Bien, yo me hacía la misma pregunta hasta que leí a San Agustín. La soberbia podría ser la proyección a otros ámbitos de la vieja obsesión por la medida del pene. Portar un amuleto fálico sería entonces una forma de participar en el juego del soberbio y transmitirle que hay alguien que lo tiene más grande.

Hoy, en un sistema en que se fomenta la excelencia sin atenuarla con la humildad, la competencia, la comparación y el egocentrismo, en donde casi todos nos consideramos mejores o más afortunados que el prójimo, con más derecho a lo que sea que él, especiales y diferentes, la envidia ha quedado reducida a cenizas de lo que fue, de ellas ha renacido esta parodia en la que los soberbios, los antiguos envidiosos, son ahora los envidiados.

Aunque la envidia tiene cura, la globalización de la soberbia convierte en poco recomendables las curas de humildad de un individuo aisladamente, digamos que sería un suicidio; intuyo que sobre todo por razones de supervivencia, y porque se pasa tan bien siendo envidiado, la espiral de arrogancia va en aumento, somos, cada vez más, más chulos que el vecino. Para protegernos de su envidia hemos recuperado los amuletos fálicos, que también han evolucionado. Ahora no se llaman figas, sino Mercedes, Lexus, Audi, BMW; por algo será que en España las ventas de coches de lujo aumentaron un 80% el año pasado.

Puede que esta distorsión que ha experimentado el concepto de envidia arroje algo de luz a la extraordinaria situación que se vive en España, donde desde hace tiempo ya nadie se considera a sí mismo envidioso, sino víctima de la envidia, envidiado, según el análisis de un divertido artículo de Rafael Sánchez Ferlosio, El mito de la envidia.

Pero ¿hay algo de verdad en el mito de la envidia como pecado nacional? Es posible que sí, que nos venga de antiguo. La Crónica Pseudo-Isidoriana nos habla de esta lacra en una zona de la Hispania que tocaba con la Galia: "Superior Yspania Gallia Braccata apellatur ubi tanta est insolentia, tantusque fastus nec non et arrogantia copiosa".

Finalmente, respecto al significado exacto del latín invidiosus, creo que debemos partir del significado del participio equivalente invisus, "aborrecido, maldito, despreciable", que enlazaría con el castigo de la invisibilidad, el ostracismo al que se condena todavía en muchas culturas consideradas primitivas al que no cumple las normas del grupo. Quería poner algún ejemplo real, pero ahora solo me viene a la memoria el caso del destierro de Oki en la película Atanarjuat, basada en una leyenda inuit sobre el peliagudo asunto de la envidia. Por otra parte, una película muy recomendable.

jueves, 28 de marzo de 2013

Cultos y creencias en torno a los megalitos del área atlántica europea

El último libro de Fernando Alonso Romero, editado en 2012 por Andavira (nuestro querido Tórculo), es un compendio del folklore celtoatlántico a cerca de los megalitos. Si existe una enciclopedia sobre el folklore de los megalitos en Europa, ha de ser esta sin duda. A pesar de que la magnitud del tema convertiría de entrada la tarea en una empresa inabarcable, el resultado final es una obra sin fisuras ni lagunas, donde está todo.


De la mano del autor descubriremos un paisaje lítico fabuloso habitado por piedras animadas en las que pervive el espíritu de nuestros antepasados. Son piedras que nos hablan, oscilan, caminan, crecen, se reproducen porque son piedras con sexo, "macho" y "femia", propiciatorias de la lluvia y la fertilidad, que pueden sanar, pero también influir negativamente en el destino de las personas.

A la hora de encuadrar el origen del fenómeno del megalitismo en Europa, Alonso Romero en la introducción no descarta la Teoría de la Continuidad desde el Paleolítico (TCP) que sostienen entre otros autores, Mario Alinei y Francesco Benozzo. Si bien, en su justa medida, sin perder de vista el papel que la Diosa Madre mediterránea ha podido tener en la configuración de la Moura o la Vieja celtoatlántica. Parece que los primeros arqueólogos europeos, los Anticuarios, no andaban tan desencaminados al suponer que megalitismo y celticidad estaban íntimamente relacionados. Lo que cambia con la aproximación de la TCP es la profundidad temporal de esta relación, que deviene prehistórica.

A lo largo de su obra se pone de manifiesto que el folklore de un pueblo nos conecta con su pasado, que en el mismo puede conservarse "el recuerdo de creencias y tradiciones muy antiguas, quizá tan antiguas como la verdadera edad de los megalitos".

El capítulo que dedica a las piedras resonantes o faladoiras es, quizá, el más novedoso. En él están muy presentes las últimas investigaciones sobre la acústica de los templos del megalitismo, y la de las cuevas pintadas, en la que se basa hasta el aburrimiento el último libro de la saga de El clan del oso cavernario. Pero no es aburrimiento precisamente lo que se experimenta leyendo a Alonso Romero: las piedras que hablan son piedras campana o pedras do sino, hasta tal punto, que en la ermita de Bieuzy-les-Eaux (Morbihan) se guarda la campana de San Gildas, una piedra de unos 80 cm de largo por 43 de ancho que suena si se la golpea con dos pequeños guijarros que reposan sobre ella.

La lectura de este capítulo me ha sugerido la resolución de un pequeño enigma, y es que habría una relación etimológica entre el gaélico cloch, "piedra", el francés u occitano cloche, cloca, "campana", y el inglés clock, "reloj". Para Brand el hecho de que se traduzca el latín campana por cluggan en una versión sajona de un texto de Beda, sería prueba de que estas campanas fueron relojes antes que otra cosa. A lo que añado que serían relojes solares, por supuesto de piedra. "The word cloch [campana] seems to shew that a flat stone answered the purpose of a bell" nos dice el autor de A dictionary of the Welsh language, y casi acierta si hubiese dicho que una piedra cumplía la función de reloj.

"Post horam sextam per clockam seu horologium prefati monasterii signatam" dice un texto del monasterio de Sherborne. Así que puede que algunas estelas o pilares con grabados cruciformes hayan sido antiguos relojes de sol, como este de Cill Maolchéadair o Kilmalkedar, condado de Kerry (Irlanda).


Lo más sorprendente del reloj solar de Kilmalkedar es su anverso (The book of sun-dials, de Mrs. Alfred Gatti) en donde encontramos un motivo que se repite hasta la saciedad en la iconografía galaica (Xeometrías máxicas de Galicia, de Bieito Romero).

También es posible que la flat stone encastrada en la base del túmulo de Knowth haya sido una piedra horaria... un recuerdo del transcurrir del tiempo que nos acerca a la muerte. "The practice of cutting sun-dials on tombstones continued in Ireland up to the eighteen century" (Mrs. Alfred Gatti, ibid.)

 
(C) Anxo Martínez, 2011.

El reloj solar que quería Trimalción en su tumba es un vano intento de detener el tiempo o controlarlo; y esta es la razón por la que la gente todavía practica la superstición de deambular en sentido antihorario alrededor de los megalitos, sin resultado. Creo que solo Supermán ha podido invertir la línea temporal haciendo girar la Tierra en sentido antihorario.

Revisando mi archivo gráfico he encontrado esta magnífica clocha irlandesa que fotografiamos no sé en qué parte de Irlanda, creo que en Kells. Tampoco sabía en aquel momento si era un reloj de sol megalítico, pero ahora ya lo tengo claro.

Clocha de Kells. (C) Ángel Facio, 2011.

Es lo que me pasa cuando leo a Alonso Romero, intento hacer una reseña de su libro, y acabo por los cerros de Úbeda perdida entre piedras.

domingo, 24 de marzo de 2013

La Moura galaica y la Mairi vasca

Otra de las denominaciones de los cromlechs en el País Vasco es mairubaratzak, compuesto en donde el segundo elemento designa la huerta (eira), el jardín, pero también el cementerio. Del primer elemento nos ocuparemos a continuación.

Fernando Alonso Romero recoge en Las mouras constructoras de megalitos la idea del Conde de Quirós de relacionar la etimología de nuestros mouros con una supuesta base céltica *mrvos, "muerto":

"En Galicia a esas mouras y mouros se les considera tradicionalmente anteriores a los romanos (Risco, V. 1927, 8). Este término se utiliza con el mismo sentido que la palabra muerto, es decir, un ser que ya no pertenece a la comunidad de los cristianos vivos. Etimológicamente, según Millán González Pardo, tiene un origen muy significativo pues es una palabra relacionada con el céltico *mrvos, afín, aunque diferente en la forma, con el término indoeuropeo que produjo el latín mortuus (*mr-tuos) o el indio antiguo mrtáh o el griego brotós (*mr-tós). De dicha base céltica, al igual que del mismo origen, deriva la palabra irlandesa marb, la britónica marw, y la restituida del galo *marvos. De ella procede también directamente la voz que utilizaron los celtas luso-gallegos: maruos = muerto (Millán González-Pardo, 1990, 550)".

En el folklore los mouros y los mairuak o mairiak vascos aparecen a menudo como seres ancestrales, muertos que habitan los megalitos de un paisaje no muy diferente del que recreó Tolkien en sus Quebradas de los Túmulos. No digo nada nuevo, y hay suficientes pruebas en este sentido: empezando por la vieja historia de Orcabella que puede leerse en el trabajo de Alonso Romero, y terminando por el mairubaratzak vasco, que los relaciona con sepulturas.

No comparto la propuesta etimológica de Isidoro Millán, pero sí voy a ensayar, como él, una etimología que intente esclarecer la relación de estos míticos seres con los muertos.

Podemos partir del galés maur, "grande": las variantes por las que se conoce la montaña de Penman Maur / Mor / More... se consideran "distorted dialects of the word major" (English Etymology, de G.W. Lemon). También podemos acudir al inglés more, al francés maire, al provenzal mairo (Simonet: Glosario), al mozárabe máir (Simonet: Glosario); todas estas formas provienen del latín maior(em), aunque es posible también que fuesen todas ellas, incluida la latina, formas hermanas descendientes de una anterior.

En latín el término en plural maiores se empleaba para designar a los antepasados, a los ancestros, en definitiva, a los muertos. El vasco mairu, que en este contexto podríamos traducir como "ancestros", puede ser un préstamo del latín, tal vez a través del gascón mairo. Los megalitos vascos llamados mairubaratzak serían, entonces, los cementerios de los antepasados, o lo que aquí designamos como Eira dos Mouros.

Nuestros mouros, además de aparecer en el folklore como muertos, muy a menudo se muestran como gigantes de enorme fuerza, y es que maiorem en latín tiene la acepción de grande en tamaño, poderoso. El carácter dual de los mouros, que son gigantes y antepasados, refuerza la propuesta que los relaciona etimológicamente con el latín maiorem, que tenía ambas acepciones. Cuando menos podría sugerirse un término paleoeuropeo *MAWR, "grande", del cual surgirían todas estas formas, la latina, la céltica, etc., y bajo la que también se encuadraría la antroponimia en -mor / -marus / -maros.

La evolución desde el latín maior(em) hasta el gallego mouro / moura, "antepasado, poderoso", pasa por la consabida pérdida de esa i epentética. Del estadio atestigüado, no supuesto, maor se obtiene por cierre de la segunda vocal la variante maur, o bien moor, con asimilación vocálica. Sobre estas bases maur y moor operó, en todo el ámbito celtoatlántico, la confusión con los resultados homónimos o muy similares provenientes del latín maurum, "moro, oscuro".

Ya Leandro Carré Alvarellos (Las leyendas tradicionales gallegas, 1977) apuntaba a este respecto: "Bien sabido es que por una corrupción o mezcla debida al parecido de los môres (gigantes) y moros o mouros, y siendo estos más conocidos por las duras y encarnizadas luchas sostenidas contra los últimos en nuestra tierra, suele darse el nombre de mouros a los antiguos y mitológicos gigantes, que, según creencia popular habitaban en el interior de los montes". Estando implícita en su afirmación la etimología a partir del latín maiorem, "grande, gigante".

Cuestiones probatorias aparte, como la del crecepelo denominado indistintamente en la Edad Media "cabello mauro" y "pilo maore" (Asín Palacios), encontramos otros antepasados míticos gigantescos en el folklore irlandés, los Fomorios o Fomoraigh, que etimológicamente también podrían relacionarse con nuestros mouros, pues moraigh en gaélico es un derivado de mór, "magnífico, grande, noble". El sentido de noble, aristócrata o jefe se conserva atenuado en muchos derivados de maiorem: en el francés maire, "alcalde", en el galaico-portugés meirinho (maiorinus), en el inglés major, etc.

Del carácter aristocrático de estos seres tal vez no tan mitológicos proviene la idea de que esta casta, que el imaginario popular suponía enterrada en los dólmenes o habitando castros y fortalezas, poseía grandes tesoros y riquezas. En el folklore peninsular y en el de la Basse Navarre "les Mairiak sont des hommes durs et avaricieux. Ces deux derniers adjectifs reviennent fréquemment dans les réponses. Partout les Mairiak, répétons-le, sont tenus pour riches, avares et égoïstes" (Reicher y Lafon, "Des personnages mal connus du folklore basque: les Mairiak", Revue de l'histoire des religions, 1940). Y efectivamente, en una época en que las desigualdades sociales eran mayores que ahora, la élite de los maire, de los nobles y poderosos, tenía que ser muy dura de corazón, más rica, avara y egoísta que en la actualidad. Xente cativa, que decimos por aquí.

En euskera maindi y maide son variantes empleadas para denotar a los mairiak y a sus construcciones: Maide Korralia (curro de mouros). Es sumamente interesante que un término similar reaparezca en el dominio lingüístico anglosajón en los nombres de algunos de sus megalitos: The Merry Maidens, The Nine Maidens. Lo que me sugiere que hubo una reinterpretación o falsa etimología del antiguo maire / maide, "ancestro, noble", por el inglés maiden, "doncella", debido a la superposición de lenguas.

No obstante, el carácter femenino de las constructoras de megalitos, presentadas como Viejas o Cailleach en el folklore, y que no son otra cosa que versiones de la Madre Tierra, obliga a tener muy en cuenta también la posibilidad de que el vasco Mairi sea un préstamo del gascón maire, "madre", a su vez del latín matrem. Hipótesis que enlazaría con el antiquísmo culto a las Matres, que nos llevaría de nuevo a nuestros ancestros, pero de otra forma.
Estela megalítica de Guernsey conocida como La Gran' Mère du Chimquière o La Abuela del Cementerio.

sábado, 16 de marzo de 2013

Suárez

Soares, Suárez y Juárez son apellidos de origen galaico-portugués; no podía ser de otro modo, puesto que como apellido su mayor número de ocurrencias se produce en Portugal. Por otra parte, el étimo que vamos a proponer, solarem, "casa solariega", sólo ha podido experimentar la pérdida de -l- intervocálica en esta zona de la península.

En el Du Cange en línea se ofrecen varias acepciones para solarium. La primera, "piso superior de una casa", no se registra en los documentos galaicos, pues aquí la voz sobrado se ocupa de designar ese referente; es la acepción hispana de solaris o solarium, "locus idoneus solarium aedificando" = lugar idóneo para edificar un solario (en el sentido de la primera acepción).

La documentación medieval está plagada de referencias a so(l)ares, una forma de heredades que entronca con la propiedad feudal (v. Elucidário das palavras... de Joaquim de Santa Rosa de Viterbo):

-usque feriat in casale de Suare et illas alternas hereditates que contramutamus (CODOLGA, año 935)
-et inde ad illas rodas et inde ad Penam Soar et inde per cacumina montium (CODOLGA, año 1134)
-omnia ista sunt casalia regalia et soaria sancte Marie lucensis (CODOLGA, año 1160)
-damus vobis ipsum nostrum soarem de Villa Vetera que fuit nostra casa (CODOLGA, año 1189)
-cartam uenditionis de una leira que iacet ad fontem Solarii (CODOLGA, a. 1200)
-ibi totam meam hereditatem quam habeo in villa Sueyro (CODOLGA, año 1220)
-aprestamos suarengos (CODOLGA, documentación de Lourenzá, sin fecha)

De estas y otras ocurrencias se deduce que el topónimo solar(ium) evoluciona a suar / soar / sueyro (suero sería la versión castellana del préstamo galaico-portugués).

Como nombre propio se registran dos casos en la base de datos del CODOLGA: Solarius Lucidi (año 936) y Solarius Guttiherriz (año 941), que también evolucionan de la misma forma, con pérdida de -l- intervocálica, Soarius, Suero en versión castellana.

Si el origen del apellido se forma a partir del topónimo con el añadido del morfema derivativo -ici, Soares o Suárez, en última instancia sería lo que pertenece al solar, al suelo, a la propiedad vinculada a la tierra, a las casas solariegas o solares, que son el origen de varios linajes. De la misma opinión es António de Morais Silva: "estes soares tinhão foraes, privilegios do Senhor Solarego, que tinha nelles jurisdiccões, e os Solaregos sujeição, e obrigações reaes, pessoaes, etc. Daqui o appelido Soares" (Diccionario da lingua portugueza).

En Galicia aparece como topónimo en A Eira de Suárez (Arzúa), A Braña de Suárez (Vedra), O Tarreo de Suárez (Arteixo)...

sábado, 9 de marzo de 2013

La garra de oso de As Fádegas

En el nº 12 del Boletín del Instituto de Estudios Vigueses de 2006 Costas Goberna y de la Peña Santos daban cuenta de una curiosa noticia que encontró en La Voz del Tecla de 1914 Xoán Martínez do Tamuxe: unos buscadores de tesoros que seguían las instrucciones de un Ciprianillo -donde se afirmaba que "de la parte de allá del río Vilar, y dentro de una roca, marcada con un barco y dos ancletas, se encontraba un valiosísimo tesoro"- hicieron volar la piedra provistos de pólvora y barrenas. Con esta noticia se explicaba el misterioso deterioro de la parte central del casco de la embarcación del petroglifo de Oia.

 Barco de Pedornes, Oia. (C) Onnega 2007 para Celtiberia.net.


Recientemente, en As Fádegas (Ribadeo), el colectivo Mariñapatrimonio ha encontrado unos petroglifos podomorfos (As Pisadas do Encanto) y unas cazoletas al final de la senda de pisadas. Para el catedrático de Historia de la USC, Marco García Quintela, en este enclave se estaría representando "una sucesión de pisadas humanas que se acaban transformando en rastros animales" (Astrónomos de la Edad de Bronce, Silvia R., El País, 5 de marzo de 2013). En particular el profesor se inclina por la posibilidad de que sean huellas de oso: "en la parte superior de las cazoletas están claramente talladas cinco garras [...]. Podrían ser de oso, pero también de otro animal".

Posible cazoleta con forma de huella de oso en As Fádegas, As Pisadas do Encanto. (C) Mariñapatrimonio.

La extremada rareza tipológica de esta cazoleta, que no se parece en nada a los petroglifos de coviñas, de forma semiesférica o cóncava y superficie muy pulida, me hace sospechar que sea una consecuencia más de la lectura de los Ciprianillos, que fomentaban la búsqueda y el expolio de los tesoros ocultos por los gentiles. ¿Y por qué se les habría ocurrido a aquellas mentes calenturientas piquetear la roca en busca del oro escondido precisamente en As Fádegas? Muy probablemente porque aquí, antes de haberse descubierto ahora los petroglifos podomorfos, ya existía una leyenda local sobre el Encanto que habitaba el lugar; una leyenda que, a su vez, estaría motivada por los podomorfos, visibles hasta que con el paso del tiempo se depositó sobre ellos esa capa de sedimentos que ha vuelto a retirar hace poco la riada.

En estos falsos grimorios se incluían listas de lugares con tesoros por el simple hecho de que en ellos hubiese un petroglifo, considerado una señal utilizada por los mouros para marcar su escondite: "En el medio de la cruz de Gañado está una lanza de oro y dos alabardas debajo de una piedra que tiene rascado un pie de caballo" (Gran libro de San Cipriano).

Si acabase por demostrarse, no obstante, que estas cazoletas de As Fádegas son representación de huellas de animales, convendría repasar a los agrimensores romanos: Terminus sive petra naturalis, si branca ursi habuerit, lucum significat = Si en un cipo divisorio o en una piedra natural se representara una garra de oso, significa (el comienzo de) un bosque (Alicia M. Canto, La piedra escrita de Diana en Cenicientos, Madrid, y la frontera oriental de Lusitania, 2007, Celtiberia.net). Y aunque la profesora Canto traduce aquí lucus por un simple "bosque", no olvida a lo largo de su artículo recordarnos el carácter sagrado de estos bosques. 

En el caso que nos ocupa, la garra de oso de As Fádegas podría estar señalando un lucus consagrado a su Encanto, divinidad femenina de la naturaleza trasunto de la Diana romana. Una xana.

En cuanto a los podomorfos y la leyenda del Encanto: las huellas fosilizadas (icnitas), bien sean animales o humanas, así como algunas figuras que aparecen en la piedra por meteorización, se asocian constantemente a hierofanías o manifestaciones de la divinidad, y aparecen en la mitología de todos los tiempos y lugares. Para saber más sobre el tema recomiendo The folklore of footprints in stone: from classical antiquity to the present, de Mayor y Sarjeant, o Principles of ichnoarchaeology, de Andrea Baucon y otros.

Pegadas de Roldán, San Vitorio (Aranga). (C) Ángel Facio para Celtiberia.net, 2007.